
¿ES QUE NOS HEMOS OLVIDADO DEL HORROR DEL SIGLO XX? SUSANA TAMARA Y LA ÚNICA POSTURA RAZONABLE
¿El pasado 29 de diciembre la escritora y novelista italiana, que se consagró con la obra muy leída “Donde el corazón te lleve” hace unos quince años, escribió un editorial memorable en el Corriere della Sera, a raíz del cual concedió algunas entrevistas que merece la pena que no pasen desapercibidas por su urgente mensaje de llamamiento a la lucidez y la racionalidad. Parece muy evidente lo que expone pero no nos engañemos: en realidad para muchos, demasiados, no lo es tanto.
Vivimos tiempos convulsos, una competencia desaforada entre grandes potencias, una alocada carrera armamentística e incluso pareciera que se oyeran tambores de guerra alimentados por oscuros intereses económicos y de todo tipo y unas aspiraciones de poder que nos dirigen a una confrontación aparentemente inevitable. Lo que sorprende a S. Tamaro, y a muchos otros entre los que me encuentro, es el conformismo y el silencio ante un panorama futuro desolador -como si estuviera ya escrito fatídicamente el dramático destino- y, por otro lado, el que apenas alguna voz clame ante la irracionalidad y llame a la cordura: en este caso remitiéndose a León XIV y su discurso en la Jornada Mundial de la Paz del uno de enero.
Estamos mentalmente tan instalados en una concepción cínica de las relaciones internacionales que se da por hecho vamos directos al choque político y militar entre los grandes actores que encabezan el orden mundial. Pero cabría preguntarse legítimamente si esta actitud tan negativa no está además alentada de manera artificial e interesada por oscuras pretensiones de industrias multimillonarias como la armamentística. Es el primer negocio del mundo y no sólo genera enormes beneficios sino que impulsa la maquinaria industrial de los países. Es lo que se interroga Tamaro expresando su sorpresa ante la pasividad y conformismo general con la situación.
En este sentido afirma la escritora que conviene recordar los horrores de las guerras del siglo pasado, que parece hemos olvidado, anima a llevar a los colegiales y a los hijos y nietos a los museos donde se palpa el horror bélico, su bárbara inhumanidad, se conmueve ante la perspectiva de que su nieto tuviera que volver al servicio militar o quizá un día alistarse para la guerra, etc.
Ciertamente, estos meses he pensado más de una vez que si la distancia temporal con la última Guerra Mundial nos ha hecho borrar el recuerdo de los cincuenta millones de muertos y la crueldad del Holocausto y demás brutalidades. Tras la I Guerra Mundial surgió la Sociedad de Naciones y también grandes ánimos pacificadores y la convicción de que lo óptimo sería resolver los conflictos por vía pacífica. Después de la II Guerra Mundial, con la Carta de S. Francisco (1945) y el arranque de las NN.UU. se erigió una estructura supranacional para racionalizar los asuntos de seguridad y el uso de la fuerza (a veces necesaria, pero sujeta al Derecho Internacional), además de otras instituciones y organismos. La declaración de Derechos Humanos (1948) apuntaló esa intención de salvaguarda de la primacía de la dignidad humana ante el horror vivido. Pero parece que todo ello se ha enfriado y queremos hacer realidad aquello de “tropezar dos veces en la misma piedra”.
Como dijo el clásico, la Historia es maestra de la vida pero parecemos empeñados en olvidar una asignatura tan importante como es la de preservar a la humanidad del desastre, el azote y la lacra de las guerras: y eso que tenemos aún vivas y frescas las imágenes de las diversas galerías de los horrores. A Susana Tamaro le parece que la única a voz coherente, lúcida y razonable, con alcance moral pero apenas escuchada es la de León XIV, su discurso ya citado y su invitación constante a “una paz desarmada y desarmante”. ¿Por qué un silencio atronador ante lo apabullante sensatez de su postura?, se pregunta inquieta vislumbrando tantas negrísimas motivaciones últimas.
La autora italiana comenta en sus respuestas que sus consideraciones surgieron de «una inquietud» ante «una locura belicista» acompañada de «un silencio casi total, una ausencia de posiciones y de reflexiones profundas». Y es cierto, ante esta progresiva carrera para armarse hasta los dientes, gastar muchos miles de millones en armas, alentar las industrias de defensa de manera exponencial (ochocientos mil millones la UE, subir en un cincuenta por cierto el gasto militar en EEUU, etc.) pareciera que es la única solución cuando lejos de serlo complica aún más y gravemente el problema. La disuasión no conduce a la distensión. Se convierte por el contrario en un equilibrio peligrosísimo: caminar el mundo pisando un campo de minas.
Ante todo ello, parece iluso o ingenuo alzar la voz para recordar lo evidente y la crueldad de la sangre derramada brutalmente en la Historia reciente. Un discurso así, ¿no nos parece como alejado de la realidad? Definitivamente, no lo es. Es más, es el más obvio y sensato, aunque la comprensión del “realismo” vaya en sentido contrario. ¿No es más adecuado, más humano, y con mucho más sentido actuar con otras herramientas?: «con el diálogo, el encuentro y la capacidad de gestionar los conflictos sin recurrir a la muerte», clama Susana Tamaro. Y en esta lógica se sorprende del indiferente encogerse de hombros ante la postura pontificia, su soledad en el grito por la paz, y que parezca que sea la única voz que se alza con cordura ante la locura generalizada. Existen otros caminos y otras opciones que se han demostrado exitosas: ¿por qué no intentarlas antes de sucumbir a la tentación fácil pero letal?
Me ha alegrado leer a Francisco J. Concretas, catedrático de la Univ. De Sevilla, que escribe en la línea de las tesis que sostengo en mi reciente libro: “Ahora está de moda burlarse de la impotencia de esos ideales, pero lo cierto es que la segunda mitad del siglo XX y primer cuarto del XXI han sido mucho más pacíficos y humanitarios que el dantesco periodo 1914-45: menos guerras, menos totalitarismo, ninguna anexión de territorios por la fuerza, más cooperación entre naciones, y la extensión progresiva de la democracia a la mayor parte de Hispanoamérica, la totalidad de la Europa central-oriental sojuzgada hasta 1989 por la URSS, buena parte de Asia (Japón, Corea, etc.) e incluso algún país africano”. Quien sonría y se burle con escepticismo o incluso con cinismo ante que se invoquen estos hechos pasados -que lograron vías de solución pacíficas-, tiene sobre sí la carga de la prueba de porqué es más real, viable y eficaz el sendero de la guerra y no el de la paz.
GABRIEL ALONSO CARRO
Fuente:
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